Beatificación de la Madre Catalina - Homilía del Cardenal Amato

28/11/2017

La beatificación de hoy es un acontecimiento histórica para la arquidiócesis, ya que es la primera que tiene lugar en Córdoba. Además, la Madre Catalina es una figura de extraordinaria relevancia eclesial y social. Como ha señalado el arzobispo Carlos Ñáñez, “la patria – y nosotros añadimos, la Iglesia-se construye con mujeres como la Beata Catalina de María y con hombres como San Gabriel Brochero”.

Los santos no son cuerpos extraños a la sociedad. Formados por Jesús son piedras vivas de la Iglesia y de la sociedad. Ellos edifican la humanidad con su bondad y su incansable y creativa obra de caridad. Los santos difunden el bien y buscan detener el mal. Esto hicieron en sus vidas el Cura Brochero y la Madre Catalina inspirados por el Evangelio y sostenidos por la gracia divina y hoy justamente glorificados por la Iglesia.

Detengámonos a contemplar la figura de la Madre Catalina, mujer fuerte y emprendedora en su servicio al Señor.
A lo largo de toda su vida tanto de casada como de consagrada difundió el buen olor de sus virtudes, con una constante actitud de amabilidad, gentileza y dulzura.

Sabemos que la fe es la virtud que coordina y guía las otras virtudes. Como laica y como religiosa nuestra Beata manifestó un profundo espíritu de fe, visible en la oración, en la participación en la misa, en la adoración eucarística, en la devoción a la Virgen, en la obediencia al Papa y a los Obispos. En el Instituto, desde sus inicios, el día 29 (veintinueve) de cada mes estaba dedicado a la oración por el Santo Padre y ofrecer la misa y la comunión por sus intenciones.

Ella vivía en la presencia de Dios, como un pez en el agua. El Sagrario era el oasis del reposo y de la confianza con el Señor Jesús. Una devoción particular hecha de oración y de sacrificio, era la que reservaba al Sagrado Corazón fundamento espiritual del Instituto. El Corazón de Jesús fue el Señor “amo” de su vida. En el lecho de muerte la Madre exclamó extasiada: “¡Qué dicha es morir esclava del Corazón de Jesús”.

Apoyada por esta fe inquebrantable, como la de Abraham, la Madre afrontaba las tormentas de la vida con la serenidad propia de los Santos, abandonándose enteramente en la divina providencia. Y la divina providencia se manifestaba no solo espiritualmente sugiriendo soluciones a los problemas, sino concretamente, haciendo llegar a menudo dinero y comida para las necesidades diarias. Esta fe llena de esperanza le daba consuelo y alegría, porque la proyectaba en el horizonte de la vida eterna, hacia el encuentro con el Señor Resucitado, con María y con los santos.

No puede haber perfección sin la caridad, que es la reina de las virtudes. La caridad de la Madre Catalina se manifestaba en el amor al prójimo y en la práctica de las obras de misericordias corporales y espirituales. La caridad animaba el carisma fundamental del Instituto, dirigido a la redención espiritual y social de las niñas, de las jóvenes y de mujeres pobres, regeneradas por los Ejercicios Espirituales.
Había una niña que, habiendo terminado sus estudios y teniendo que pagar las últimas tazas fue abandonada por sus parientes. La Madre Catalina proveyó, encontrando una familia que la acogiese. En otra ocasión, recibió gustosa a una alumna cuyo padre era protestante.

Los pobres y los humildes eran los preferidos de la Madre. Pero su amabilidad también la ejercitaba en la actitud de bondad hacia las sirvientas, los empleados, los obreros y todos aquellos que iban a trabajar para las Hermanas. Los testigos afirman que, con espíritu maternal, la Madre se preocupaba de darles la merienda, para aligerar así su fatiga.

Se cuenta el triste caso de un señor Alemán, que vivía en la absoluta pobreza y que un día se presentó a la Madre pidiéndole que acogiera a sus cinco hijitas, todas en condiciones de extrema miseria. Las niñas fueron inmediatamente acogidas con cariño. Y cuando la más pequeña se enfermó de viruela hemorrágica, la Madre Catalina alquiló una casa adyacente, disponiendo dos enfermeras para su asistencia.

A menudo ella misma servía a las niñas enfermas, procurándoles médicos y medicinas. Una especial ternura manifestaba hacia las religiosas, ordenando a la enfermera que reservara las mejores cosas para ellas. Lo mismo hacía con las personas de servicio.

Su caridad se evidenciaba en el perdón de las ofensas, devolviendo bien por mal. Por ejemplo, cuando una alumna del colegio de Santiago del Estero se enfermó gravemente, la Madre encargó a unas Hermanas que le dispensaran los mejores cuidados para que pudiera recobrar la salud. La recompensa, sin embargo, fue la ingratitud de la familia de la pequeña. A pesar de ello, la Madre ordenó soportar pacientemente y readmitir a la niña.

La Madre Catalina hizo fructificar al máximo los numerosos talentos humanos y espirituales que recibió de Dios. Lo hizo manteniendo siempre una actitud modesta y humilde. Para ella, una monja soberbia era una monstruosidad. Aunque era la fundadora, al principio asumió la tarea de sacristana y se le asigno una incómoda ceda sin ventanas, en la que entraba el humo de la cocina. El padre jesuita José Bustamante, gran benefactor espiritual de la congregación, un día echó en cara la Madre sus muchos defectos. La Madre Catalina recibió este reproche con dulzura e incluso con alegría, hasta el punto que dicho padre solía repetir “No conozco una persona más humilde que la Madre Catalina”. Frente a la baja consideración que los extraños e incluso las religiosas mostraban hacia ella, la Madre respondió con calma “tienen razón, porque yo no valgo nada”.
La Beata Madre, mujer generosa y humilde, llena de fe y de claridad nos invita a todos, y en primer lugar, a sus hijas espirituales a encontrarnos con el Señor Jesucristo en el gozo y en la esperanza. La vida de la Madre enseña cómo avanzar en el camino de la sabiduría divina. Con creatividad femenina, ella atendió a las mujeres pobres, no solo formándolas sino espiritualmente con los Ejercicios Espirituales, sino también fundado una institución que les ayudara a vivir dignamente.
Educada en la escuela ignaciana de los Ejercicios Espirituales, la Madre vivió generosamente su espíritu, sirviendo al prójimo por amor, prestando su servicio apostólico para la mayor gloria de Dios y en conformidad a su voluntad, en la abnegación de todo amor propio y de cualquier interés personal. En la santidad el legado de la Beata Madre Catalina. El escudo de la Congregación, amor y reparación, es la síntesis más hermosa de su santidad y de su solicitud pastoral.

Por favor repetimos juntos

Beata Madre Catalina, ruega por nosotros.

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