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LA UNIDAD DEL PAIS

 

Mensaje de la Comisión Ejecutiva de la
Conferencia Episcopal Argentina

 

           Los sucesos de la guerra de las Malvinas estaban frescos y abiertas las heridas que ellos produjeron y en ese cuadro de desorientación y de dolor, personales y colectivos, El Episcopado se hace presente con su Mensaje.

          Presiente que se abren nuevos caminos y los anuncia y entre ellos el de la institucionalización democrática, pero se alarma por los síntomas de discordia y desencuentro que percibe entre los diversos sectores sociales. El llamado de los Obispos es al sinceramiento de todos, a la reconciliación y a la reconstrucción nacional.

 

                     

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, en nombre de lo Obispos del País, se dirige una vez más a los hermanos en la fe y a todos los hombres de buena voluntad en el territorio de la Patria, para aportar su palabra que confía puede ser útil para el camino que a todos toca transitar en el futuro cercano.

Si bien es verdad que se necesita el paso del tiempo para juzgar adecuadamente la compleja trama de un momento determinado de la historia, parece posible calificar éste que vivimos, como delicado y portador de gérmenes de consecuencias no siempre previsibles.

Por lo mismo, queremos exhortar a la unión de todos los responsables de la conducción y construcción del País, en todos sus niveles, en aras del bien común, sin egoísmos, con apertura y fraternidad, de modo que podamos soslayar uno de los peores escollos que puede tener que enfrentar una nación: el de una posible fragmentación de poder y de miras, espectro que es el mismo de la ruina y el fracaso de toda comunidad. “El acatamiento que se debe a la ley, obliga por igual a todos, a quienes poseen la fuerza política, económica, militar o social”.[1]

La futura institucionalización, no lejana, exige, que los partidos políticos, instrumentos necesarios de la vida democrática, ejerciten desde ya la renuncia a todo lo que impida la unidad y la búsqueda apasionada del bien común, aún prescindiendo de postulados que los partidos, como representantes de distintos sectores puedan tener; posibles opciones que aparecerán en todo su valor en la medida que se afiance la consideración o realización del bien común. “Una comunidad, una Nación, se construye a través de este tejido de recíprocas comunicaciones entre los miembros de la misma, lo cual constituye el bien común en su sentido más profundo, propio y cabal”.[2]

Es la hora imperiosa de la unidad porque los valores esenciales de la Patria pueden estar en peligro.

Es un momento en que todos los ciudadanos sienten la necesidad de escuchar palabras de gran sinceridad y verdad. Lo que ha sucedido en nuestra tierra, especialmente las muertes y sacrificios, servirá, a pesar de las circunstancias adversas, si humildemente somos capaces de asumir responsabilidades para comenzar, sin demora, la imprescindible reconciliación de los argentinos.

Si la vida ciudadana reclama siempre esta sinceridad entre gobernantes y pueblo, los múltiples desencuentros de nuestro pasado piden hoy, más que nunca la valentía de enfrentar la realidad, expresarla claramente y decidirse a emprender las soluciones necesarias con audacia y sin paralizantes complejos de culpa. En el documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, que creemos guarda toda su vigencia para el momento actual, decíamos: “Estamos persuadidos de que los problemas de la Nación sólo podrán solucionarse cuando todas sus fuerzas se hayan unido y estén dirigidas hacia un objetivo común. Los problemas pueden hacerse abrumadores, pero existe en nuestra Nación un potencial enorme para afrontarlo”.[3]

“Esperamos confiadamente que los diversos sectores de la Nación así como las distintas agrupaciones, se muestren dispuestos a trabajar, conservando sus propias peculiaridades, en el cuadro de una unidad y una solidaridad exigidas por el bien común”.[4] Todos, cada uno en su puesto, somos llamados a la reconstrucción nacional, que nos permita alcanzar la patria grande que soñaron nuestros próceres y cuyo ideal ha sido regado por nueva sangre joven, que nos interpela y agudiza nuestra propia responsabilidad.

Los jóvenes siguen siendo la gran esperanza de la Iglesia y de la Patria. Por eso, recordando la visita del Santo Padre Juan Pablo II, que fue un momento de gracia del Señor, y en la cual ellos participaron tan vivamente, los exhortamos a que den ahora la sangre viva de su pensamiento y acción, basados en la verdad, la justicia y el amor, para alcanzar esa patria que anhelamos.

Por ello, los Obispos argentinos exhortamos, en nombre de Cristo, al sinceramiento de todos sin exclusión, autoridades y pueblo. Estamos a tiempo para que, a partir de la verdad aceptada y valientemente asumida, la reconciliación de los argentinos comience a ser una ardua pero posible y necesaria tarea que superando errores y fracasos, nos permita por fin ser la fraterna comunidad que el plan del amor de Dios nos ha asignado.

Converger hacia la unidad implica tomar conciencia de que el camino hacia el afianzamiento de la Patria se puede hacer si tenemos la magnanimidad, fortaleza y coraje de tomar en serio y con responsabilidad las exigencias de “evitar daños mayores, sanar las heridas de la guerra, y facilitar la progresiva serenidad de los espíritus”. [5]

Que la Virgen de Luján bendiga nuestros esfuerzos en servicio de la Patria.

 

 

 

Buenos Aires, 1 de julio de 1982

 

 

 

 



[1]  “Iglesia y Comunidad Nacional”, No. 35.

[2]  “I.C.N.” No. 90.

[3]  “I.C.N.” No. 198b

[4]  “I.C.N.” No. 198c

[5]  “Juan Pablo II en el Aeropuerto de Ezeiza” (11/VI/82).