Exposición del Cardenal Nichols en el Encuentro Latinoamericano sobre nuevas esclavitudes y trata de personas

09/02/2019

Conferencia del Grupo Santa Marta

Sede de la Conferencia Episcopal Argentina

1.  Les doy la bienvenida y les agradezco sinceramente por la presencia y participación de ustedes en este encuentro. Muchas palabras de bienvenida y de agradecimientos  ya han sido expresadas y no es necesario repetirlas, aunque están fuertemente presentes en mi corazón.

 

Me gustaría agradecer particularmente a la Conferencia Episcopal Argentina, a través de la Comisión Episcopal de Migrantes e Itinerantes, la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, la Comisión Nacional de Justicia y Paz y la Policía Federal Argentina.

 

El desafío que los ojos de la fe ven frente a nosotros hoy es trabajar al máximo para rescatar, proteger, asistir y servir a los más pobres de los hijos del Padre que han sido vendidos a la esclavitud, tal como José fue vendido a la esclavitud por sus hermanos “en el comienzo” (Gn 37, 32).

 

Nuestra finalidad en esta conferencia es escuchar sobre el trabajo que se hace actualmente y ayudar a edificar confianza entre la Iglesia, la sociedad civil, las distintas confesiones,  la Policía y las diferentes agencias, así nuestro trabajo puede servir mejor a todos los que están sometidos a esclavitud

 

2. El tráfico de personas es un flagelo en el rostro de la humanidad. Actualmente son traficadas y sometidas a esclavitud más de 40 millones de personas, según las cifras más recientes de las Naciones Unidas.

 

Han sido reconocidas internacionalmente las mejoras implementadas aquí en Argentina en respuesta al tráfico de personas. La identificación de víctimas llegó a más de 1.100 de ellas identificadas en el 2017. Los procesamientos están en marcha y las víctimas son animadas a participar en los juicios contra traficantes, a través del apoyo a lo largo del proceso judicial.

 

Un Programa de Rescate proporciona informes psicológicos para detallar cuáles requisitos deberían regir para colaborar en el procesamiento de traficantes y en el apoyo de las víctimas, y lo más importante, no ha habido casos en los que las víctimas hayan sido erróneamente procesadas.

 

Todas estas medidas se reflejan en el compromiso, del que he sido testigo, asumido por el Comisario Roncaglia, y su respeto por los jóvenes, desde que se unió a nosotros en la primera Conferencia del Grupo Santa Marta hace cinco años.

 

3.  I) Nuestro compromiso para luchar contra el tráfico de personas, tal como lo vemos desarrollarse aquí, radica en nuestro compromiso con los que necesitan protección para no convertirse en víctimas que con demasiada frecuencia son olvidados por la sociedad. En todo lo que hacemos -ya sea el procesamiento de criminales y de la actividad criminal, la erradicación de la esclavitud de las cadenas de suministro en la industria, la detección de beneficios ilegales que pasan a través del sector bancario o el impulso político para fortalecer las disposiciones legales contra el tráfico de personas- tenemos que mantener en el centro de nuestra motivación a la persona, la persona vulnerable que es el objetivo y blanco del explotador. El foco debe estar en las vidas humanas y en el modo de poner fin al sufrimiento y marginalización soportados por 40 millones de personas a lo largo del mundo.

II) Esta es la clave de nuestro trabajo, porque la convicción clave que compartimos es la de la dignidad de todo ser humano. Esta dignidad que buscamos defender y proteger es inherente a la naturaleza de cada persona. Esa dignidad no depende de su estatus, de su raza, de su sexualidad o de su religión. Cada vez más Estados y legislaciones  están definiendo los derechos de cada persona que tienen que ser defendidos. Pero lo que los Estados y las legislaciones no hacen es reconocer la fuente de esos derechos, que es la dignidad que le es inherente a la persona. Los derechos humanos, entonces, no son otorgados por los Estados, ni por las legislaciones, ni por la familia de origen, ni por la riqueza, el estatus o el poder. Estos derechos surgen de la dignidad, y esa dignidad, a los ojos de la fe, provienen únicamente de Dios.

 

III) Esta verdad es constantemente afirmada en la enseñanza católica. Encuentra una hermosa expresión en el Documento Final del Encuentro Continental de Aparecida, en el parágrafo 104 que cito aquí: “Bendecimos a Dios por la dignidad de la persona humana, creada a su imagen y semejanza. Nos ha creado libres y nos ha hecho sujetos de derechos y deberes en medio de la creación. Le agradecemos por asociarnos al perfeccionamiento del mundo, dándonos inteligencia y capacidad para amar; por la dignidad, que recibimos también como tarea que debemos proteger, cultivar y promover. Lo bendecimos por el don de la fe que nos permite vivir en alianza con Él hasta compartir la vida eterna. Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relación permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable. Si el pecado ha deteriorado la imagen de Dios en el hombre y ha herido su condición, la buena nueva, que es Cristo, lo ha redimido y restablecido en la gracia (cf. Rm 5, 12-21)”.

 

IV)  Estas y muchas otras expresiones de la grandeza de la persona humana y de nuestro destino eterno pueden sonar bastante idealistas. Pueden venir a través de un tipo de pensamiento ilusorio, especialmente si los que los proclamamos estamos cómodos y seguros. Hay una realidad que atraviesa nuestro mundo, y la totalidad de nuestra familia, realidad que es bastante contraria a ello. Todos los días estamos cara a cara con lo que es simplemente conocido como el “'mysterium iniquitatis', la presencia del mal, que nos enfrentamos en comprender e incluso en contrarrestar. Esto es también un punto de partida para nuestra reflexión sobre la tarea importante que afrontamos, la de contrarrestar el mal del tráfico de personas.

 

V) Si nuestras palabras y nuestro trabajo resultan creíbles, entonces tenemos que tener el valor de mirar este mal a la cara y no ocultar o negar sus rasgos y las formas en las que nos afecta. Esta es la verdad del tráfico de personas. Esta es también la verdad del gran mal del abuso de niños y de las personas vulnerables, que está presente también entre nosotros y que lamentablemente ha encontrado un lugar para habitar en el interior de nuestra Iglesia. Debemos permitir que nuestro pensamiento y reflexión asuman seriamente la corrupción y el mal que nos rodea. Sólo entonces nuestra proclamación de la dignidad humana comenzará a tener un impacto duradero.

 

VI) Permítanme citar aquí palabras de un libro publicado recientemente por el Abad del Monte San Bernardo, un monasterio cisterciense en Inglaterra. Él afirma lo siguiente: “La Iglesia me ha permitido leer mi banal y a veces escuálida vida en un relato de redención que retrocede no solo a los comienzos de los tiempos, sino que recuerda la eternidad. Permanecer dentro de ese punto crucial del relato es escuchar, a veces con claridad terrorífica, la crisis desolada de la humanidad; es escuchar, también, la voz áspera del mal, y que no está alrededor nuestro en forma vaga, sino en el corazón de uno. Sólo se puede perseverar en tal audiencia si, al mismo tiempo, se escucha, otra voz discreta pero ordenadora que dice: ‘¡Se ha cumplido!’. Esta voz se las arregla, a través de un genio armónico, para comprender los violentos gritos de ‘¡crucifícalo!’ y del angélico ‘¡Hosanna!’ en un único acorde que se eleva desde esta disonancia hacia una belleza inaudita!”.

 

Ésta es nuestra tarea: enfrentar juntos, todos los días, la brutal realidad del mal, en todas sus formas, con la realidad de la dignidad humana dada por nuestro Dios. Tal como continúa diciendo el abad: “el mal inflige heridas reales que exigen ser vistas y lloradas. Pero esas heridas no están más allá de la sanación si son irradiadas por un destello del fuego que arrasa la noche, el fuego que ha venido al mundo como amor y simplemente necesita encenderse para arder”. Concluye diciendo que la vocación de un monje “es ofrecer su propia vida como madera seca para este propósito” ('The Shattering of Loneliness, por Erik Varen). Ésta puede ser también nuestra inspiración.

 

VII) La figura de Adán y el relato del libro del Génesis traen ambos estos dos fundamentos para nuestro trabajo y cooperación: la dignidad de la persona humana y la realidad del mal. Adán, a diferencia del resto de la creación, no está creado solo por la palabra [de Dios] sino también por la mano de Dios. Adán recibe el real aliento de Dios y es creado para ser un compañero de Él.  Leemos que Dios caminó por el jardín del Edén, el hogar hecho para Adán y Eva, al atardecer, a la hora en que sopla la brisa atardecer (Gn 3, 8). Adán y Eva fueron una compañía para Dios, para el Dios creador de la persona humana para compartir para siempre con ella la intimidad de la vida de Dios. Pero el pecado rompe ese vínculo. Adán y Eva se distancian de Dios, perdieron el jardín de esa intimidad  y, en consecuencia, “comerán el pan con el sudor de su frente” (Gn 3, 19). Desorden, violencia, la explotación estalla hasta que Lamec, el descendiente de Caín, declara: “Yo maté a un hombre por una herida, y a un muchacho por una contusión. Porque Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete” (Gn 4, 23).

 

Pero a pesar de todo el clamor del mal, el aliento de Dios reside todavía en cada ser humano. La realidad y la presencia de ese aliento da origen en nuestros cuerpos y almas al anhelo para algo más, una totalidad perdida hace mucho tiempo, que ya no se puede nombrar más. Esto encuentra su cumplimiento, por supuesto, en la persona de Jesús, el único nombre en el que se puede encontrar esa totalidad. Jesús es también el único que anuncia el perdón “setenta veces siete”, al contrario de esa antigua maldición.

 

VIII) El trabajo de redención al que nos entregamos es el trabajo de restaurar la realidad de esa antigua promesa que nunca se abandona, pero de la que nos distanciamos nosotros mismos. Volvemos constantemente nuestras espaldas a esa promesa, al creer que las promesas que hacemos son más inmediatas, más alcanzables, más satisfactorias. Nos alejamos del horizonte de luz y elegimos un mundo cerrado en sí que rápidamente está marcado por engaños y fracasos. Pero en el don de la fe recordamos el nombre que nos muestra el Camino. No olvidemos su promesa de estar con nosotros. Recordemos que el anhelo más profundo, la nostalgia de la que estamos hechos, puede llegar a su completa satisfacción. No estamos hechos para la futilidad, sino para la realización plena. Entonces recordemos también que somos llamados, en ese nombre, para cumplir una misión: la de hacer brillar su “luz radiante” en los lugares más oscuros del mundo. Y uno de esos lugares es, sin duda, la oscuridad del tráfico de personas.

 

IX) Cada víctima del tráfico de personas vive, en una forma intensamente particular, el drama de Adán y Eva. Ellos estiraron el brazo hacia un fruto prometido sólo para descubrir lo que es un fruto corrupto y una promesa que es falsa. Caen en la nada de la esclavitud que deshumaniza, perdiendo todo rasgo de autonomía, toda perspectiva o esperanza, soportando la crueldad cotidiana y el trabajo más degradante. Pero el aliento de Dios se mueve todavía en ellos y anhelan la luz. Es nuestra decisión trabajar para lo que se debe restaurar en ellos. Y para lograr ese fin debemos trabajar juntos.  

 

4. Nuestro Proyecto Santa Marta de creación y sostenimiento de una cooperación práctica y efectiva entre las fuerzas de la ley y el orden y los recursos de la Iglesia y de la sociedad civil depende, sobre todo, de la confianza que se puede establecer entre los compañeros. Mi esperanza es que una visión compartida de por qué estamos dispuestos a comprometernos mutuamente puede ayudar a establecer esa confianza. Esta visión -de la verdadera naturaleza de la dignidad humana y de la forma en que vamos a enfrentar la realidad de este mal en medio de nosotros- tiene que traducirse en pasos prácticos:

 

I)     Que la persona permanezca siempre en el centro de nuestra acción y de nuestra conciencia;

 

II)    Que el foco de la actividad policial sea entonces la prevención y, por supuesto, el enjuiciamiento de los perpetradores de este mal. Con frecuencia los inmigrantes ilegales están entre estas víctimas. Si hay que desarrollar esta cooperación, entonces necesitamos tener unánimemente en cuenta que la ilegalidad de la presencia o de la actividad de la víctima no se hace con la intención de llevar a cabo un trabajo o una legislación antitráfico de personas. Y si una víctima es erróneamente enjuiciada, la respuesta íntegra puede ser socavada, se puede perder la confianza y la persona real que tenemos que proteger sufre no sólo en manos del traficante, sino también en manos del Estado.

 

III)   Que el rescate y rehabilitación de las víctimas sea un trabajo que ha de ser compartido, de tal modo que no solo se pueda ayudar a las víctimas a salir a la luz, sino de tal modo que gradualmente ganen en fuerza y confianza para ser parte del proceso de enjuiciamiento de sus traficantes.

 

IV)  Que busquemos juntos educar a las comunidades, para que se abran sus ojos a la realidad invisible del tráfico de personas y a la esclavitud moderna en medio de nosotros.

 

V)   Que trabajemos juntos para encontrar los recursos que se necesitan para este trabajo: recursos de los fondos públicos, de los presupuestos policiales, de las fundaciones caritativas y de las donaciones.

 

5. El trabajo de establecer la confianza como base para esta cooperación continua es ayudado por el intercambio de experiencias que ahora vamos a seguir. La confianza incluye ser capaz de desafiar sin temor a la exclusión y ser capaz de escuchar con frecuencia a una voz que es silenciosa y que puede haber pasado durante muchos años silenciada.

 

Durante este tiempo y en las contribuciones de ustedes quizás les pida que recuerden que somos mejor servidos si hablamos con franqueza. Como se dijo en un encuentro previo del Grupo Santa Marta, “¡es mejor escuchar malas noticias que son ciertas que escuchar buenas noticias que son falsas!”. Que este consejo guíe nuestro camino hacia un compromiso más profundo con este trabajo y a una cooperación más fuerte con él.

Cardenal Vincent Nichols, 09 - 02 - 2019

Comisión Episcopal de Migrantes e Itinerantes

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