Monseñor Oscar Ojea | Mensaje para la Clausura del Congreso Interuniversitario Laudato Si´

04/09/2021

Compartimos el mensaje de Monseñor Oscar Ojea, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, para la Clausura del Congreso Interuniversitario Laudato Si´, acontecimiento histórico que tuvo lugar entre el 1° y el 4 de septiembre de 2021, reuniendo a más de 40 universidades públicas y de gestión privada, con más de 140 expositores de carácter internacional.

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Monseñor Ojea expresó que:

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Agradecemos  y valoramos la participación de tantos expositores cualificados en este Congreso, tanto los que lo hicieron desde nuestro país como del extranjero. Agradecemos de un modo especial también a todos los que han trabajado incansablemente para llevarlo a cabo. Quiero mencionar particularmente a Francisco Piñon, a Roberto Igarza, al Padre Matias Taricco, Secretario de la Pastoral Universitaria,  también a los equipos que se conformaron para esta tarea: el Comité de Gestión, el Comité Académico, el Equipo de comunicación y la Secretaria. 

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Valoramos así mismo la tarea de los Consejos Regionales de Planificación de Educación Superior.

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Todas las Regiones del Sistema Universitario Argentino han estado presentes en el Congreso y esto muestra que el acuerdo no ha sido solamente de las cabezas sino que ha sido un compromiso federal que involucra a todo el sistema.

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No solo se ha propiciado el encuentro y el mutuo reconocimiento y valoración entre las universidades públicas y privadas,  sino que ha trabajado haciendo un importantísimo aporte la Pastoral Universitaria de la Conferencia Episcopal Argentina, de allí que agradezco especialmente al Padre Gustavo Zurbriggen, Presidente de esta Comisión.

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Decíamos en el comienzo del Congreso que la Encíclica nos plantea un cambio de paradigma, lo que constituye un gran desafío: pasar del paradigma tecnocrático al paradigma del cuidado.

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El Papa Francisco afirma que el ambiente se sitúa en la lógica de la recepción. Es recibido como don y regalo de Dios.  Es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente. Esto pone en crisis el sentido mismo de nuestro paso por la tierra. Está en juego nuestra propia dignidad  ¿dejaremos a las generaciones futuras escombro, desierto y suciedad? (LS 159 y 160).

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La Encíclica señala la falta de justicia y de solidaridad  intergeneracional. Hemos dejado de pensar en el futuro de nuestros hijos viviendo solo para el presente. Nos encontramos en esta cultura con adultos que quieren ser siempre jóvenes sin asumir las responsabilidades inherentes al adulto respecto del cuidado de lo que se ha recibido. Por otro lado sabemos que los jóvenes para crecer necesitan tener junto a si adultos que hayan asumido en plenitud la experiencia de la vida.

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Vivimos un inmediatismo egoísta que excluye pensar tanto en las generaciones futuras cuanto en las periferias existenciales. Nos falta mirar hacia adelante (la baja natalidad en el primer mundo es un símbolo de esta incapacidad) y nos falta mirar a los costados, mirar a los más pobres.  Como si tuviéramos anteojeras que nos hacen ver nada más que lo que queremos ver pero no la realidad. Es indudable que la civilización de la imagen ha ayudado en gran medida a este engaño ya que podemos elegir ver lo que queremos.

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Se ha hablado en diversos congresos de la necesidad  de trabajar juntos sobre los temas que provocan una crisis profunda en el planeta, sin embargo los poderes centrales han hecho oído sordos a tantas advertencias  de la ciencia, del sentido común y de las Iglesias.

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Para evitar la destrucción progresiva del planeta se necesita una ética sólida, una cultura nueva y una espiritualidad profunda que puedan limitar el poder del paradigma tecnocrático. Una mirada distinta. Un pensamiento y una política que estén dirigidas a una cultura de la paz en todas las relaciones que el ser humano sostiene ya que la cultura que respiramos es violenta. Esta violencia desequilibra nuestra relación con el planeta y con los demás. Es la violencia que está en el origen de todo abuso, del abuso de poder y de todos los demás abusos, de todo lo que se opone al respeto y al cuidado que la persona del otro y de la otra merecen. No podemos negar que estamos ante una sociedad fuertemente abusadora, asi como en el abuso algo se ha disociado fuertemente en el fondo del ser humano, trastornando la relación y la armonía con el prójimo y esto impide una relación abierta y sinfónica en armonía con todos los seres. También la hermana tierra es abusada.

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Decíamos que para pasar del paradigma tecnocrático al paradigma del cuidado hace falta un profundo cambio cultural.

Debemos cambiar estilos de vida y hábitos de consumo. Optar por una vida más austera trabajando en una auténtica pedagogía del cuidado que vaya impregnando los distintos ámbitos de la educación.

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La familia, es un espacio fundamental en el que aprendemos naturalmente a vincularnos  no de un modo académico sino a través de la experiencia con cada uno de sus miembros con quienes compartimos la vida, el trabajo, el descanso y  la mesa. La escuela es también un ámbito privilegiado para trabajar esta pedagogía y por supuesto la universidad.

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Tenemos que luchar proponiendo actitudes que pueden llegar a ser contraculturales debido al profundo individualismo que marca nuestra cultura.

¿En qué lugar debo situarme para escuchar con precisión el grito de la tierra y el grito de los pobres? Nos encontramos con muchos obstáculos para sintonizar con estas realidades, por eso tenemos el desafío de crear una nueva sensibilidad que nos lleve a una ecología integral.

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A mi modo de ver el corazón humano puede transformarse en profundidad si encuentra en un semejante un reflejo de sí mismo. Es lo que pasa en la Parábola del Buen Samaritano. Él se detiene en el camino para auxiliar al hermano caído porque se vio a sí mismo en él, por eso se sintió en comunión profunda con el herido y lo cargó  hasta llevarlo a la posada.

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De la misma manera para producir un cambio profundo en mi modo de percibir la realidad es necesario que la experiencia del contacto estrecho con la persona caída refleje mi propio limite y por lo tanto mi propia pobreza para que yo perciba en un tipo de relación cuerpo a cuerpo es decir, no con la lejanía  de las encuestas, de las mediciones y de los números, lo que en realidad nos está pasando a ambos, que si bien somos diferentes compartimos la misma humanidad. De allí que pienso que nuestra educación debe estar enriquecida por estas experiencias de compartir de modo cercano la vida concreta de los hermanos y hermanas más pobres para ir construyendo una nueva mirada que nos permita avanzar en este nuevo paradigma que nos propone la Encíclica.

Muchas gracias.

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Grabación del testimonio disponible en: Laudato Si´

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Compartimos las actividades y encuentros ofrecidos en el Congreso Interuniversitario Laudato Si´ ingresando en: laudatosi.edu.ar

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Documentos disponibles:

Mons. Ojea. Mensaje Clausura Congreso Laudato Si. 040921.pdf

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