Misa por la Patria en Luján

20/11/2019

Monseñor Oscar Ojea, Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y Monseñor Jorge Eduardo Scheinig, Arzobispo de Mercedes – Luján, invitan a toda la comunidad nacional a celebrar una Misa el domingo 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción, a las 11 hrs. en la Basílica de Luján con la intención de rezar juntos por nuestra Patria.

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Se invita a los hermanos en la fe y al pueblo a rezar por la unidad de todos los argentinos bajo la mirada de la Virgen. Pediremos por la paz y la superación de las heridas de nuestro pueblo.

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Oficina de Prensa y Comunicación

Conferencia Episcopal Argentina

Encuentro de Monseñor Oscar Ojea sobre su participación en el Sínodo de la Amazonía

20/11/2019

En la tarde de este martes 19 de noviembre, en sede de la Conferencia Episcopal Argentina, junto a la Comisión Nacional de Justicia y Paz, hemos compartido el encuentro “Amazonía: de la escucha a la conversión integral” mediante el cual Monseñor Oscar Ojea, Obispo de San Isidro y Presidente del Episcopado Argentino, a basado su testimonio de acuerdo a su participación en el Sínodo de la Amazonía. A continuación acompañamos sus vivencias.

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“Si queremos iniciar un proceso contracultural que contraste el paradigma tecnocrático con el paradigma del cuidado, que nos forme con una mirada y un pensamiento distinto capaz de implementar políticas y programas educativos que lleguen a transformarse en un estilo de vida que toque cosas muy concretas como los hábitos de consumo, deberemos basarnos en una espiritualidad que sea el fundamento de una autentica conversión ecológica.

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Esta espiritualidad nos ayudara a discernir en qué lugar debemos situarnos para escuchar con claridad el grito de la tierra y el grito del pobre conectados íntimamente, porque los medios de comunicación tienden a impedir la percepción de este grito y también a que nuestra sensibilidad se impregne adecuadamente de la realidad.

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Vivimos una civilización de la imagen que nos tiene acostumbrados a vivir mirando una pantalla. Esta nos induce a ver la realidad como un espectáculo que sucede fuera de nosotros en el cual entramos y salimos libremente y nos sitúa muy lejos de una intervención.

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Es necesario reconectarnos con la realidad buscando una nueva armonía relacional con Dios, con el hermano, con nosotros mismos y con la naturaleza. Somos seres relacionales y no aislados.

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El paradigma del cuidado genera en nosotros actitudes responsables frente a los seres y las cosas. Decía Víctor Frankl que Occidente tenía una estatua de la libertad a la que había endiosado, pero no tenía una estatua de la responsabilidad que es la contracara de la libertad. Nuestra cultura tiene mucho de irresponsable.

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Nuestra primera experiencia del cuidado está vinculada al nacimiento, nosotros no recordamos el momento del nacer pero sin duda alguna lo tenemos grabado en el fondo del alma. Hemos salido de une espacio cálido y dulce nadando en el vientre de nuestra madre para encontrarnos bruscamente fuera de ella enfrentado la luz y el oxígeno que hemos vivido como elementos hostiles. Por eso todos nacemos llorando, totalmente necesitados de otro, vulnerables y frágiles, todos hemos vivido esta experiencia de pobreza radical.

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La primera voz que escuchamos es la de nuestra madre y aunque no entendemos lo que nos dice percibimos en ella como una música de bienvenida en la existencia.

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Luego nos lleva al pecho, nos alimenta y pasamos del llanto y la angustia a la paz y al sueño, debemos rescatar esta primera experiencia del cuidado y hacerla emerger a la conciencia porque necesariamente estamos llamados a relacionarnos con los demás seres de esta manera.

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La historia del pecado en nuestra vida nos ha hecho construir murallas defensivas que nos aíslan y nos colocan en continuo recelo frente a los demás seres, refugiándonos en un individualismo que contradice nuestra misma vocación humana.

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¿A través de qué medios podemos rescatar esta primera experiencia del cuidado y cómo podemos hacerla emerger a nuestro corazón?

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A mi modo de ver el corazón humano se conmueve si encuentra en el otro un reflejo de sí mismo. Esto pasa en la parábola del buen samaritano Lc. 10.

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Sin duda él se vio a sí mismo en el hombre caído. Por eso se detuvo, descendió de su cabalgadura, se acercó lo curo y se hizo cargo de él hasta llevarlo a la posada.

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Desarrollo un vínculo de comunión con él. Se vio a si mismo caído, necesitado, desamparado y necesitado de cuidado  como cuando vivió su primera experiencia de desamparo existencial. Vio reflejado en el hermano caído su propio límite y su propia pobreza ya que cada uno tiene su propia pobreza. Esto le permitió establecer una relación con el de sujeto a sujeto, no como alguien que lo ve en una pantalla o que lo mira como el objeto de una encuesta o como un caso que prueba una teoría que justifica un aprendizaje, si no como otro “si mismo” lo que le permitió ejercitar un modo de ser humano esencial. El modo de Jesús.

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Es fundamental para desarrollar una espiritualidad profunda que nos lleve a la conversión ecológica el contacto personal con hermanos en situación de pobreza extrema, los que sufren el descarte y que sin duda como dice Evangeli Gaudium 198, tienen mucho que enseñarnos ya que además de participar del sensus fidei en sus propios dolores conocen a Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos, la nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia.”

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Buenos Aires, martes 19 de noviembre de 2019.

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Oficina de Prensa y Comunicación

Conferencia Episcopal Argentina

Día Internacional de los Derechos del Niño

14/11/2019

Con motivo de celebrarse el Día Internacional de los Derechos del Niño, este miércoles 20 de noviembre, se reunirá el Secretariado Nacional para la Pastoral y el cuidado de la Vida naciente y la Niñez, que depende de la Comisión Episcopal para la Vida, los Laicos y la Familia (CEVILAF) de la Conferencia Episcopal Argentina.

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La reunión se desarrollará a las 19 hrs. en la sede de Suipacha 1032 (CABA). Están invitados a participar todos los movimientos, organizaciones e instituciones que trabajen en el servicio y el cuidado de la vida.

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Asimismo, será presentado el documento El Dios de la Vida y del Amor Humano, editado por la Oficina del Libro del Episcopado, que aporta una reflexión sobre sobre la vida, la educación sexual y el amor humano.

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Jueves, 14 de noviembre de 2019

 

CEVILAF

Comisión Episcopal para la Vida, los Laicos y la Familia.

Conferencia Episcopal Argentina

Educar para convivir en el respeto y en el diálogo

19/11/2019

Nos encontramos una vez más ante deliberaciones y elaboraciones de proyectos de ley que pretenden modificar la Ley 26.150 acerca de la Educación Sexual Integral en nuestro país.

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Recordamos lo dicho en el documento “Sí a la educación sexual” (25 de octubre de 2018): Estamos convencidos de que debemos dar nuevos pasos para fortalecer la educación sexual en el ámbito intrafamiliar y escolar. A ello nos anima el papa Francisco en Amoris laetitia, donde afirma con claridad “Sí a la educación sexual”. Se trata de una educación sexual positiva, progresiva e interdisciplinar, como nos recuerda también la enseñanza de la Iglesia.  Solo una buena educación permite tomar decisiones libres y responsables.

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La escuela pública en general y la católica en particular, pueden apoyar la insustituible tarea y derecho que tienen los padres a la educación sexual de sus hijos e hijas, con elementos teóricos, científicos y pedagógicos, aprovechando el hecho de que los niños, niñas y adolescentes pasan mucho tiempo en las instituciones educativas. Sin embargo, es muy importante que los chicos y chicas reciban en la escuela un mensaje coherente, alineado, complementario, respecto de aquel que reciben en el hogar. En ese sentido, la educación sexual integral debe respetar la libertad religiosa de las instituciones, y la libertad de conciencia, derecho sagrado e inalienable que debe ser siempre custodiado.

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En el reciente documento El Dios de la Vida y el Amor Humano (29 de agosto de 2019) hemos afirmado que en el campo de la legislación educativa hace falta respetar la libertad, ante todo de los padres y también de las comunidades e instituciones específicas, propias de sociedades pluralistas.

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Si no hay libertad, se cierra la puerta al diálogo y al enriquecimiento recíproco, y se la abre a las ideas intransigentes y conductas rígidas, que deshumanizan y empobrecen tanto a los jóvenes como a los adultos, privándolos de vivir toda la belleza de la vida y el amor humano.

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Además, recordamos que son los padres los primeros educadores de sus hijos, y que a la escuela y al Estado le corresponde un papel subsidiario en esa tarea. Para todos debe ser una norma fundamental el respeto a las propias realidades, principios, valores, opciones y convicciones.

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Son muchos los educadores que testimonian la belleza de la vida, el amor y la sexualidad humana, y se esfuerzan por educar en una sexualidad nacida del amor entendido como donación de sí. Los alentamos a seguir educando en el amor a la vida, el respeto por el otro, y en los valores del pudor, la pureza, la gratuidad[1].

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Reconocemos y agradecemos a los legisladores, funcionarios judiciales y abogados, que trabajan por garantizar los derechos de los padres y docentes a una educación integral de la sexualidad, inspirada en los valores evangélicos y cuidadosa de la libertad y el respeto al otro, para gozar plenamente de la belleza de la vida y el amor humano.

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Buenos Aires, 19 de noviembre de 2019

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Comisión Episcopal para la Vida, los Laicos y la Familia

Comisión Episcopal de Educación Católica


[1]Papa Francisco, Christus vivit, n. 265.

Ref.: Se adjuntan los dos documentos mencionados en el presente texto.

III Jornada Mundial de los Pobres: Homília del Santo Padre Francisco

17/11/2019

III JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, 17 de noviembre de 2019


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En el evangelio de hoy, Jesús sorprende a sus contemporáneos, y también a nosotros. En efecto, justo cuando se alababa el magnífico templo de Jerusalén, dice que «no quedará piedra sobre piedra» (Lc 21,6). ¿Por qué estas palabras hacia una institución tan sagrada, que no era sólo un edificio, sino un signo religioso único, una casa para Dios y para el pueblo creyente? ¿Por qué profetizar que la sólida certeza del pueblo de Dios se derrumbaría? ¿Por qué el Señor deja al final que se desmoronen las certezas, cuando el mundo las necesita cada vez más?

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Buscamos respuestas en las palabras de Jesús. Él nos dice hoy que casi todo pasará. Casi todo, pero no todo. En este penúltimo domingo del Tiempo Ordinario, Él explica que lo que se derrumba, lo que pasa son las cosas penúltimas, no las últimas: el templo, no Dios; los reinos y los asuntos de la humanidad, no el hombre. Pasan las cosas penúltimas, que a menudo parecen definitivas, pero no lo son. Son realidades grandiosas, como nuestros templos, y espantosas, como terremotos, signos en el cielo y guerras en la tierra (cf. vv. 10-11). A nosotros nos parecen hechos de primera página, pero el Señor los pone en segunda página. En la primera queda lo que no pasará jamás: el Dios vivo, infinitamente más grande que cada templo que le construimos, y el hombre, nuestro prójimo, que vale más que todas las crónicas del mundo. Entonces, para ayudarnos a comprender lo que importa en la vida, Jesús nos advierte acerca de dos tentaciones.

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La primera es la tentación de la prisa, del ahora mismo. Para Jesús no hay que ir detrás de quien dice que el final está cerca, que «está llegando el tiempo» (v. 8). Es decir, que no hay que prestar atención a quien difunde alarmismos y alimenta el miedo del otro y del futuro, porque el miedo paraliza el corazón y la mente. Sin embargo, cuántas veces nos dejamos seducir por la prisa de querer saberlo todo y ahora mismo, por el cosquilleo de la curiosidad, por la última noticia llamativa o escandalosa, por las historias turbias, por los chillidos del que grita más fuerte y más enfadado, por quien dice “ahora o nunca”. Pero esta prisa, este todo y ahora mismo, no viene de Dios. Si nos afanamos por el ahora mismo, olvidamos al que permanece para siempre: seguimos las nubes que pasan y perdemos de vista el cielo. Atraídos por el último grito, no encontramos más tiempo para Dios y para el hermano que vive a nuestro lado. ¡Qué verdad es esta hoy! En el afán de correr, de conquistarlo todo y rápidamente, el que se queda atrás molesta y se considera como descarte. Cuántos ancianos, niños no nacidos, personas discapacitadas, pobres considerados inútiles. Se va de prisa, sin preocuparse que las distancias aumentan, que la codicia de pocos acrecienta la pobreza de muchos.

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Jesús, como antídoto a la prisa propone hoy a cada uno la perseverancia: «con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v. 19). Perseverancia es seguir adelante cada día con los ojos fijos en aquello que no pasa: el Señor y el prójimo. Por esto, la perseverancia es el don de Dios con que se conservan todos los otros dones (cf. San Agustín, De dono perseverantiae, 2,4). Pidamos por cada uno de nosotros y por nosotros como Iglesia para perseverar en el bien, para no perder de vista lo importante.

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Hay un segundo engaño del que Jesús nos quiere alejar, cuando dice: «Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy” […]; no vayáis tras ellos» (v. 8). Es la tentación del yo. El cristiano, como no busca el ahora mismo sino el siempre, no es entonces un discípulo del yo, sino del . Es decir, no sigue las sirenas de sus caprichos, sino el reclamo del amor, la voz de Jesús. ¿Y cómo se distingue la voz de Jesús? “Muchos vendrán en mi nombre”, dice el Señor, pero no han de seguirse. No basta la etiqueta “cristiano” o “católico” para ser de Jesús.

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Es necesario hablar la misma lengua de Jesús, la del amor, la lengua del tú. No habla la lengua de Jesús quien dice yo, sino quien sale del propio yo. Y, sin embargo, cuántas veces, aun al hacer el bien, reina la hipocresía del yo: hago lo correcto, pero para ser considerado bueno; doy, pero para recibir a cambio; ayudo, pero para atraer la amistad de esa persona importante. De este modo habla la lengua del yo. La Palabra de Dios, en cambio, impulsa a un «amor no fingido» (Rm 12,9), a dar al que no tiene para devolvernos (cf. Lc 14,14), a servir sin buscar recompensas y contracambios (cf. Lc 6,35). Entonces podemos preguntarnos: ¿Ayudo a alguien de quien no podré recibir? Yo, cristiano, ¿tengo al menos un pobre como amigo?

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Los pobres son preciosos a los ojos de Dios porque no hablan la lengua del yo; no se sostienen solos, con las propias fuerzas, necesitan alguien que los lleve de la mano. Nos recuerdan que el Evangelio se vive así, como mendigos que tienden hacia Dios. La presencia de los pobres nos lleva al clima del Evangelio, donde son bienaventurados los pobres en el espíritu (cf. Mt 5,3). Entonces, más que sentir fastidio cuando oímos que golpean a nuestra puerta, podemos acoger su grito de auxilio como una llamada a salir de nuestro proprio yo, acogerlos con la misma mirada de amor que Dios tiene por ellos. ¡Qué hermoso sería si los pobres ocuparan en nuestro corazón el lugar que tienen en el corazón de Dios! Estando con los pobres, sirviendo a los pobres, aprendemos los gustos de Jesús, comprendemos qué es lo que permanece y qué es lo que pasa.

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Volvemos así a las preguntas iniciales. Entre tantas cosas penúltimas, que pasan, el Señor quiere recordarnos hoy la última, que quedará para siempre. Es el amor, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y el pobre que pide mi amor me lleva directamente a Él. Los pobres nos facilitan el acceso al cielo; por eso el sentido de la fe del Pueblo de Dios los ha visto como los porteros del cielo. Ya desde ahora son nuestro tesoro, el tesoro de la Iglesia, porque nos revelan la riqueza que nunca envejece, la que une tierra y cielo, y por la cual verdaderamente vale la pena vivir: el amor.

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Vaticano, domingo 17 de noviembre de 2019,

III Jornada Mundial de los Pobres.

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Francisco

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Oficina de Prensa de la Santa Sede

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Oficina de Prensa y Comunicación de la

Conferencia Episcopal Argentina

Mensaje del Papa Francisco para la III Jornada Mundial de los Pobres

16/11/2019

La esperanza de los pobres nunca se frustrará

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1. «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9,19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida.

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El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia del que lo oprime (cf. 10,1-10); invoca el juicio de Dios para que se restablezca la justicia y se supere la iniquidad (cf. 10,14-15). Es como si en sus palabras volviese de nuevo la pregunta que se ha repetido a lo largo de los siglos hasta nuestros días: ¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?

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Este salmo se compuso en un momento de gran desarrollo económico que, como suele suceder, también produjo fuertes desequilibrios sociales. La inequidad generó un numeroso grupo de indigentes, cuya condición parecía aún más dramática cuando se comparaba con la riqueza alcanzada por unos pocos privilegiados. El autor sagrado, observando esta situación, dibuja un cuadro lleno de realismo y verdad.

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Era una época en la que la gente arrogante y sin ningún sentido de Dios perseguía a los pobres para apoderarse incluso de lo poco que tenían y reducirlos a la esclavitud. Hoy no es muy diferente. La crisis económica no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el ingente número de pobres que carecen de lo necesario y que en ocasiones son además maltratados y explotados. Vuelven a la mente las palabras del Apocalipsis: «Tú dices: “soy rico, me he enriquecido; y no tengo necesidad de nada”; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, ciego y desnudo» (Ap 3,17). Pasan los siglos, pero la condición de ricos y pobres se mantiene inalterada, como si la experiencia de la historia no nos hubiera enseñado nada. Las palabras del salmo, por lo tanto, no se refieren al pasado, sino a nuestro presente, expuesto al juicio de Dios.

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2. También hoy debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños.

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Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?

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Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse. Convertidos ellos mismos en parte de un vertedero humano son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo. Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres.

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Para aumentar el drama, no se les permite ver el final del túnel de la miseria. Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida. Deambulan de una parte a otra de la ciudad, esperando conseguir un trabajo, una casa, un poco de afecto... Cualquier posibilidad que se les ofrezca se convierte en un rayo de luz; sin embargo, incluso donde debería existir al menos la justicia, a menudo se comprueba el ensañamiento en su contra mediante la violencia de la arbitrariedad. Se ven obligados a trabajar horas interminables bajo el sol abrasador para cosechar los frutos de la estación, pero se les recompensa con una paga irrisoria; no tienen seguridad en el trabajo ni condiciones humanas que les permitan sentirse iguales a los demás. Para ellos no existe el subsidio de desempleo, indemnizaciones, ni siquiera la posibilidad de enfermarse.

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El salmista describe con crudo realismo la actitud de los ricos que despojan a los pobres: «Están al acecho del pobre para robarle, arrastrándolo a sus redes» (cf. Sal 10,9). Es como si para ellos se tratara de una jornada de caza, en la que los pobres son acorralados, capturados y hechos esclavos. En una condición como esta, el corazón de muchos se cierra y se afianza el deseo de volverse invisibles. Así, vemos a menudo a una multitud de pobres tratados con retórica y soportados con fastidio. Ellos se vuelven como transparentes y sus voces ya no tienen fuerza ni consistencia en la sociedad. Hombres y mujeres cada vez más extraños entre nuestras casas y marginados en nuestros barrios.

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3. El contexto que el salmo describe se tiñe de tristeza por la injusticia, el sufrimiento y la amargura que afecta a los pobres. A pesar de ello, se ofrece una hermosa definición del pobre. Él es aquel que «confía en el Señor» (cf. v. 11), porque tiene la certeza de que nunca será abandonado. El pobre, en la Escritura, es el hombre de la confianza. El autor sagrado brinda también el motivo de esta confianza: él “conoce a su Señor” (cf. ibíd.), y en el lenguaje bíblico este “conocer” indica una relación personal de afecto y amor.

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Estamos ante una descripción realmente impresionante que nunca nos hubiéramos imaginado. Sin embargo, esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre. Su fuerza creadora supera toda expectativa humana y se hace realidad en el “recuerdo” que él tiene de esa persona concreta (cf. v. 13). Es precisamente esta confianza en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza. El pobre sabe que Dios no puede abandonarlo; por eso vive siempre en la presencia de ese Dios que lo recuerda. Su ayuda va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo.

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4. La descripción de la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura. Él es aquel que “escucha”, “interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”... En definitiva, el pobre nunca encontrará a Dios indiferente o silencioso ante su oración. Dios es aquel que hace justicia y no olvida (cf. Sal 40,18; 70,6); de hecho, es para él un refugio y no deja de acudir en su ayuda (cf. Sal 10,14).

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Se pueden alzar muchos muros y bloquear las puertas de entrada con la ilusión de sentirse seguros con las propias riquezas en detrimento de los que se quedan afuera. No será así para siempre. El “día del Señor”, tal como es descrito por los profetas (cf. Am 5,18; Is 2-5; Jl 1-3), destruirá las barreras construidas entre los países y sustituirá la arrogancia de unos pocos por la solidaridad de muchos. La condición de marginación en la que se ven inmersas millones de personas no podrá durar mucho tiempo. Su grito aumenta y alcanza a toda la tierra. Como escribió D. Primo Mazzolari: «El pobre es una protesta continua contra nuestras injusticias; el pobre es un polvorín. Si le das fuego, el mundo estallará».

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5. No hay forma de eludir la llamada apremiante que la Sagrada Escritura confía a los pobres. Dondequiera que se mire, la Palabra de Dios indica que los pobres son aquellos que no disponen de lo necesario para vivir porque dependen de los demás. Ellos son el oprimido, el humilde, el que está postrado en tierra. Aun así, ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Huir de esta identificación equivale a falsificar el Evangelio y atenuar la revelación. El Dios que Jesús quiso revelar es éste: un Padre generoso, misericordioso, inagotable en su bondad y gracia, que ofrece esperanza sobre todo a los que están desilusionados y privados de futuro.

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¿Cómo no destacar que las bienaventuranzas, con las que Jesús inauguró la predicación del Reino de Dios, se abren con esta expresión: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20)? El sentido de este anuncio paradójico es que el Reino de Dios pertenece precisamente a los pobres, porque están en condiciones de recibirlo. ¡Cuántas personas pobres encontramos cada día! A veces parece que el paso del tiempo y las conquistas de la civilización aumentan su número en vez de disminuirlo. Pasan los siglos, y la bienaventuranza evangélica parece cada vez más paradójica; los pobres son cada vez más pobres, y hoy día lo son aún más. Pero Jesús, que ha inaugurado su Reino poniendo en el centro a los pobres, quiere decirnos precisamente esto: Él ha inaugurado, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres. Es necesario, sobre todo en una época como la nuestra, reavivar la esperanza y restaurar la confianza. Es un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos.

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6. La Iglesia, estando cercana a los pobres, se reconoce como un pueblo extendido entre tantas naciones cuya vocación es la de no permitir que nadie se sienta extraño o excluido, porque implica a todos en un camino común de salvación. La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización. La promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica. El amor que da vida a la fe en Jesús no permite que sus discípulos se encierren en un individualismo asfixiante, soterrado en segmentos de intimidad espiritual, sin ninguna influencia en la vida social (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 183).

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Hace poco hemos llorado la muerte de un gran apóstol de los pobres, Jean Vanier, quien con su dedicación logró abrir nuevos caminos a la labor de promoción de las personas marginadas. Jean Vanier recibió de Dios el don de dedicar toda su vida a los hermanos y hermanas con discapacidades graves, a quienes la sociedad a menudo tiende a excluir. Fue un “santo de la puerta de al lado” de la nuestra; con su entusiasmo supo congregar en torno suyo a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que con su compromiso cotidiano dieron amor y devolvieron la sonrisa a muchas personas débiles y frágiles, ofreciéndoles una verdadera “arca” de salvación contra la marginación y la soledad. Este testimonio suyo ha cambiado la vida de muchas personas y ha ayudado al mundo a mirar con otros ojos a las personas más débiles y frágiles. El grito de los pobres ha sido escuchado y ha producido una esperanza inquebrantable, generando signos visibles y tangibles de un amor concreto que también hoy podemos reconocer.

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7. «La opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha» (ibíd., 195) es una opción prioritaria que los discípulos de Cristo están llamados a realizar para no traicionar la credibilidad de la Iglesia y dar esperanza efectiva a tantas personas indefensas. En ellas, la caridad cristiana encuentra su verificación, porque quien se compadece de sus sufrimientos con el amor de Cristo recibe fuerza y confiere vigor al anuncio del Evangelio.

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El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar en cada uno la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad. «Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación» (ibíd., 199) por los pobres en la búsqueda de su verdadero bien. No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios.

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La esperanza se comunica también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo. Los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa.

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8. A los numerosos voluntarios, que muchas veces tienen el mérito de ser los primeros en haber intuido la importancia de esta preocupación por los pobres, les pido que crezcan en su dedicación. Queridos hermanos y hermanas: Os exhorto a descubrir en cada pobre que encontráis lo que él realmente necesita; a no deteneros ante la primera necesidad material, sino a ir más allá para descubrir la bondad escondida en sus corazones, prestando atención a su cultura y a sus maneras de expresarse, y así poder entablar un verdadero diálogo fraterno. Dejemos de lado las divisiones que provienen de visiones ideológicas o políticas, fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere muchas palabras sino una mirada de amor y una mano tendida. No olvidéis nunca que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual» (ibíd., 200).

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Antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. Dios se vale de muchos caminos y de instrumentos infinitos para llegar al corazón de las personas. Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor.

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9. A veces se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo.  

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A los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo que enseña el Apóstol cuando dice: «No hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.

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Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1,26-29). Con los ojos humanos no se logra ver esta fuerza salvífica; con los ojos de la fe, en cambio, se la puede ver en acción y experimentarla en primera persona. En el corazón del Pueblo de Dios que camina late esta fuerza salvífica, que no excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión para reconocer y amar a los pobres.

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10. El Señor no abandona al que lo busca y a cuantos lo invocan; «no olvida el grito de los pobres» (Sal 9,13), porque sus oídos están atentos a su voz. La esperanza del pobre desafía las diversas situaciones de muerte, porque él se sabe amado particularmente por Dios, y así logra vencer el sufrimiento y la exclusión. Su condición de pobreza no le quita la dignidad que ha recibido del Creador; vive con la certeza de que Dios mismo se la restituirá plenamente, pues él no es indiferente a la suerte de sus hijos más débiles, al contrario, se da cuenta de sus afanes y dolores y los toma en sus manos, y a ellos les concede fuerza y valor (cf. Sal 10,14). La esperanza del pobre se consolida con la certeza de ser acogido por el Señor, de encontrar en él la verdadera justicia, de ser fortalecido en su corazón para seguir amando (cf. Sal 10,17).

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La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza. A todas las comunidades cristianas y a cuantos sienten la necesidad de llevar esperanza y consuelo a los pobres, pido que se comprometan para que esta Jornada Mundial pueda reforzar en muchos la voluntad de colaborar activamente para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad. Que nos acompañen las palabras del profeta que anuncia un futuro distinto: «A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra» (Mal 3,20).

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Vaticano, 13 de junio de 2019
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

 


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Gentileza de la Oficina de Prensa de la Santa Sede

Oficina de Prensa y Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina

III Jornada Mundial de los Pobres: Mensaje de Cáritas Argentina

15/11/2019

«La esperanza de los pobres nunca se frustrará»

 


El próximo domingo 17 de noviembre se celebrará la 3º Jornada Mundial de los Pobres, una iniciativa impulsada por el Papa Francisco, con el objetivo de “ayudar a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar sobre cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio" y que, mientras exista, "no podrá haber justicia ni paz social”.

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Este año la jornada se realizará bajo el lema «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» y en su presentación el Papa nos recuerda enfáticamente que “los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa”.

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Junto a toda la comunidad eclesial del país, desde Cáritas vivimos esta jornada con especial compromiso. Para nosotros la opción por los más pobres, por aquellos que la sociedad descarta y desecha es una opción prioritaria y hacemos todo lo posible, no sólo para satisfacer las necesidades inmediatas, sino para transformar las realidades que están en la base de las estructuras de exclusión: promovemos activamente la educación, la capacitación, la cultura del trabajo, el desarrollo comunitario y la integración de las personas a su propio entramado social.

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Entre las formas de pobreza que producen exclusión, queremos destacar el consumo problemático de sustancias. Las adicciones encuentran terreno propicio en situaciones de vulnerabilidad y donde las oportunidades de progreso social son escasas. El círculo se cierra por la ausencia redes de contención en la propia comunidad, por falta de recursos, y las personas quedan aisladas, discriminadas y sin posibilidad de salida.

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Las comunidades de Cáritas vienen acompañando estas situaciones en las zonas más vulnerables desde hace varios años, y así llegaron a conformarse más de 150 centros barriales para el abordaje pastoral y comunitario de las adicciones en todo el país, que brindan apoyo y acompañamiento directo a unas 23.000 personas, principalmente jóvenes. Esta experiencia de trabajo compartido nos muestra un camino para superar las dificultades y animar nuestra esperanza.

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En una sociedad como la nuestra todos somos actores y todos tenemos algo que aportar para las soluciones de los problemas comunes. Entendemos que la pobreza, en todas sus formas, es una cuestión que nos interpela a todos como sociedad, porque no podemos admitir ni acostumbrarnos a que haya hermanos que sufren en un país con tanta potencialidad como el nuestro.

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Por tal motivo, en esta Jornada Mundial de los Pobres hacemos una llamado a todas las personas de buena voluntad a superar las divisiones para centrar nuestra atención en las personas que más sufren para darnos cuenta que existen, que son muchas y que entre todos tenemos el deber de darles urgente respuesta a sus necesidades más vitales. Para que, como dice el Papa, no caigamos en la peor discriminación que padecen los pobres: el no prestarles atención.

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Buenos Aires, 15 de noviembre de 2019.-

Cáritas Argentina

Adhesión al Día Mundial de conmemoración de las víctimas de accidentes de tránsito

13/11/2019

La Conferencia Episcopal Argentina adhiere al Día Mundial de conmemoración de las víctimas de accidentes de tránsito solicitando a toda la sociedad a comprometerse en acciones concretas para salvar vidas.

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Desde la Asociación Civil Luchemos por la Vida y la Comisión Episcopal de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes se propone “invitar a que en las misas a celebrarse este domingo, 17 de noviembre de 2019, se eleve una oración por lo que perdieron sus vidas en accidentes de tránsito, y que se resalte a los creyentes la responsabilidad de todos en el cuidado de la vida, modificando nuestras conductas en las calles y rutas, tomando conciencia de esta cantidad de muertes inútiles, que ciertamente Dios no quiere”.

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La ONU, con resolución del 26 de octubre de 2005 instituyó el tercer domingo de noviembre de cada año con motivo para esta conmemoración.

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Este es el compromiso que se anhela profundizar, es el de trabajar en favor de la vida de todos en el tránsito. Ya se ha comenzado desde la Comisión Episcopal de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes, como un servicio concreto y especifico de la Iglesia que peregrina aquí en Argentina.

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#ValeTodaVida

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Buenos Aires, miércoles 13 de noviembre 2019.

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Oficina de Prensa y Comunicación

Conferencia Episcopal Argentina

Poliedro por la Paz 2019

13/11/2019

La Comisión Nacional de Justicia y Paz entregó la distinción del Poliedro por la Paz. Su Presidente, Ingeniero Emilio Inzaurraga agradece a todos los que han presentado proyectos.

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Monseñor Oscar Ojea, Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, compartió:

"Qué estos trabajos presentados nos permitan crear una cultura del cuidado".

 

Oficina de Prensa y Comunicación
Conferencia Episcopal Argentina

Amazonía: De la escucha a la conversión integral. Presentación de Monseñor Oscar Ojea

12/11/2019

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